Sobre ambientalismo, biologicismo y dogmatismos
"El cerebro es a la vez creador y espejo de todo cuanto sucede”
Francisco Mora – Neuroculturas
En este, mi primer artículo en el blog, he decidido que el tema a introducir fuera amplio y genérico —quizás demasiado— aunque también definitorio de uno de los principios básicos de mi perspectiva psicológica. También pretendo que el marco que ofrezco quede patente, de manera transversal, en otras futuras entradas en las que trataré otros temas más específicos.
Arrojaré el tema con las siguientes preguntas: ¿Cuál es el papel que ocupan las variables biológicas a la hora de explicar el comportamiento humano? ¿Hasta qué punto nuestro cerebro controla nuestras decisiones? ¿Está nuestra libertad más comprometida de la que realmente creemos?. No pretendo, con estas preguntas formuladas en un tono tan resolutivo, poder atribuirme la capacidad de responderlas. El objetivo, como se verá, no es el de resolverlas. Pero sí lo es, el de convivir con dichas preguntas sin ceder a una respuesta formulada a la ligera.
Pese a ello, sí considero templado ofrecer una “Oda” y dos “Réquiems” con el objetivo de plantear un marco para la reflexión y prevenir de posiciones extremas y dogmáticas a la hora de tantear las respuestas a dichas preguntas. Aunque en ocasiones parezca que los extremos se dan por superados, este debate aun se da entre las esferas académicas, pero aun más, entre las personas de la calle con un mínimo de inquietud por comprender la naturaleza del comportamiento humano.
¿Qué quiero decir con oda? Me refiero a la necesidad de ensalzar una posición que considero adecuada, objetiva, flexible. ¿Y por réquiem? En este caso a una pérdida, una despedida, una liturgia al necesario desprendimiento de explicaciones cerradas, extremas, incompletas y dogmáticas que nunca nos van a abrir las puertas para poder comprender en su totalidad la envergadura de este asunto y lo que es peor; nos precipitarán a creer —arrogantes— que lo comprendemos totalmente—ejercicio nefasto si queremos estar a la altura de los rasgos de estos tiempos que corren que se caracterizan por una vertiginosa acumulación de información y una, no tan equiparable, capacidad cognitiva de asimilarla y elaborarla. Los dogmas, en épocas de incertidumbre, generan un confort que se ajusta precariamente a nuestra necesidad de vivir con certezas.
Empecemos por los requiems. Todos los psicólogos entendemos qué hacemos las personas cuando, a la hora de observar e interpretar la realidad, nos encontramos con información contradictoria —datos que no consiguen conciliarse con nuestras ideas preconcebidas o teorías—. Lo que tendemos a hacer es negar la contradicción, justificarla, autoengañarnos para seguir confirmando y protegiendo nuestra visión coherente del mundo. Tal es así, es consabido también entre los psicólogo, que por encima del principio de realidad lo que suele prevalecer es el principio de coherencia. Es decir, empeñarnos en seguir encima del caballo aunque en el fondo sepamos que nos equivocamos.
¿Por qué pasa esto? Una de las razones parece evidente. Nuestra limitada mente genera —desde que nacemos y detectamos los primeros haces del luz del exterior— categorías que nos permiten percibir toda esa información fluida y caótica del medio de manera coherente y unificada. Si fuera de otro modo viviríamos desorientados, sin saber en base a qué parámetros actuar, y eso nos llevaría a un estado perpetuo de paroxismo y bloqueo. La economía austera de nuestra biología nos lleva, de manera inevitable, a tener que generar una certidumbre que no se corresponde con lo real—transformamos lo que es cambiable en una percepción estable y “digerible” para que, sencillamente, podamos procesar mentalmente los estímulos del día a día—. La sentencia es firme: para nuestro cerebro el saber ocupa lugar, así que hay que simplificar.
Las consecuencias de todo lo mencionado antes son obvias: sacrificamos la complejidad del mundo para ceder a entenderlo de manera más simple de lo que en verdad es. Construimos un “espejismo” aproximado de la realidad que nos permite movernos por nuestro entorno. Aunque en alguna ocasión esto nos lleve a más de un tropiezo. Esto es aplicable a nociones físicas, percepciones de ámbito social —prejuicios— y en general, teorías o esquemas que construimos sobre cómo funciona nuestro entorno o nosotros mismos —valga como ejemplo una persona con sintomatología depresiva que solamente presta atención a aquellos eventos que confirman su sentimiento de inutilidad y culpa—.
La ciencia no está desprovista de esta tendencia al reduccionismo y al sesgo. Toda disciplina científica que cede al dogmatismo se centra en confirmar sus propios principios —sesgo confirmatorio—, se afana en la búsqueda de indicios de “su teoría” y descuida las aportaciones de otras disciplinas u otros campos, y con ello, niega el humilde objetivo de entenderse con otras “maneras subjetivas de interpretar el mundo”. Lejos de territorializar conceptos, las ciencias deberían converger y acercar enfoques —entre psicología, física, antropología, sociología, etc— tal como dice Edward O. Wilson en “Consiliencia” —concepto que el traduce como el esfuerzo por generar una “unidad del conocimiento”—. Idea muy cercana a la de percibir el mundo desde un enfoque sistémico, en el cual los elementos están interrelacionados y en constante interacción.
Y es aquí cuando, en el tema que nos ocupa, es también interesante mencionar el término “dicotomía” —la tendencia a formar categorías lejanas, bifurcadas, binomiales e incompatibles entre sí, ante algo que, en verdad, forma parte de una unidad indivisible—. Ejemplos de estas dicotomías son: la separación mente-cerebro, genética-aprendizaje, persona-animal, físico-psíquico, evolución biológica-cultura entre otras. Cuando entendemos estas entidades —u otras— como separadas, caemos en el error de considerar que éstas no están interrelacionadas y de que cada una opera con sus propias reglas aisladas. Categorizar nos permite saber de lo que hablamos. Pero en la mayoría de los casos, como los mencionados arriba ¿Existe tal abrupta separación o, en realidad, dichas entidades forman parte de un continuo indisociable?
¿Qué pasa con el cerebro y la conducta? Tradicionalmente han existido dos corrientes absolutistas —los dos requiems—. En una de las caras de la dicotomía se encuentran aquellos que ostentan una visión biologícista. Desde esta doctrina se considera que nuestro cerebro, y sus códigos genéticos transmitidos a lo largo de la historia filogenética de nuestra especie, causan la expresión de nuestro fenotipo o conducta. Además, se entiende que la condición fisiológica del individuo no es influenciable por el exterior, sino que todo lo que ocurre dentro del cráneo, de manera inexorable, determina nuestra conducta. En el caso de la depresión, como estaría explicada por un estricto desajuste fisiológico, solo se contempla la opción de que sea tratada con el consumo de psicofármacos.
En la otra cara se encuentran los ambientalistas, que consideran que todo viene determinado por nuestro medio, que el cerebro y las variables biológicas no merecen ser tenidas en cuenta. Utilizando la terminologíca de Locke, el individuo vendría dispuesto con una “tabula rasa”, un lienzo vacío en el que la experiencia va dibujando nuestra identidad y condicionando nuestro comportamiento. Desde esta visión, la historia evolutiva de la especie no podría explicar la conducta. En el caso más extremo, dichas fuerzas o influencias lejanas estarían soslayadas y adormecidas gracias a los embates de nuestro desarrollo cultural, racional o “civilizado”. Desde esta segunda perspectiva, también suele haber una especie de “fobia” a todo lo que suene a biológico porque se parte del precepto erróneo de que biológico es sinónimo de determinado. Parten del prejuicio y el estigma de que el cerebro no es influenciable por el ambiente, y de que atender a las variables biológicas, y a la historia evolutiva, supone “legitimar su influencia unidireccional en la conducta”. Por todo ello, algunos prefieren cerrar los ojos hacia las variables biológicas, porque creen que comprometen nuestra libertad y que avalan la parte más “inferior”, “retrógrada”, “insolidaria” e “inhumana” de nuestra condición existencial. Algunos constructivistas-postmodernistas estimulan la creencia “ilustrada” pero incompleta de que toda conducta tiene un estricto origen cultura y social.
¿Y ahora? Tras la realización de los rituales litúrgicos por estas dos posiciones extremas e infructíferas mencionadas y habiendo suprimido la necesidad de explicar la conducta anulando las aportaciones de otros campos de estudio, superemos la necesidad de confirmar “nuestra verdad” y ¡Vayamos con la “oda”!.
Esta oda es una promulgación firme que no solo afecta al intelecto, sino al ánimo y a la dimensión más espiritual de la existencia: que depende de la capacidad de convivir con la duda. Durante un siglo hemos surcado mares inimaginables años atrás. Hemos empezado a ser testigos, desde el magnánimo y silencioso curso de las galaxias, hasta los comportamientos de los invisibles átomos. Las diferencias y las relaciones entre “lo más grande” y “lo más pequeño” son demasiado astronómicas como para ser imaginadas por nuestra mente. Hemos estado demasiado acostumbrados a convivir con dioses del saber que nos decían que todo había sido diseñado por y para nosotros. En el pasado, algunos —Copérnico y Galileo, entre otros— murieron por plantearse algunas dudas y humillar con ello los postulados de la hegemónica verdad absoluta. También hoy día, nuestra tendencia al misticismo es evidente y no deberíamos permitir que sacrifique la luz de los hechos replicables mediante el método científico y sus infinitas aportaciones.
Debemos ser rotundos. No sabemos nada. Los instrumentos que hemos desarrollado nos permiten mirar por distintas mirillas, a través de las cuales —con un modesto y a veces tendencioso prisma— conseguimos registrar una pequeña parte del todo.
Sabiendo esto, hay dos caminos. Bien podemos extinguir nuestras dudas hasta que nuestro pensamiento solamente se atavíe de argumentos para defendernos. O bien podemos aceptar la desazón de la incertidumbre, entrenarnos para convivir con ella, y aunar el ánimo suficiente como para tomar nuestras afirmaciones como verdades posibles y flexibles —hipótesis de trabajo en terminología científica— dispuestas a ser revisadas si es necesario. Esta segunda opción es un estilo de vida que, combinado con una buena práctica de “frescura mental”, te permite viajar y avanzar en un continuo y estimulante proceso de sorprenderte.
Esta actitud es el abono necesario para que la inteligencia esté a la altura de los presentes retos y nos dirija hacia el “utópico” “infinito”, también “estimulante” y hasta “divertido” recorrido de la integración teórica. Dicho sea, esta actitud también facilita la humildad y la tolerancia.
¿Y qué pasa con el cerebro? Hay que celebrar los recientes campos que —como advertía Aldous Huxley en la situación humana al refererirse a la necesidad de tender puentes entre las disciplinas— están vinculando ambas visiones y que se reflejan en disciplinas emergentes como la epigenética, la neuropsicología cognitiva o la sociobiología. Ni todo es negro, ni todo es blanco. La expresión genética es un proceso mediado y disparado por una activación genómica que depende de la condición ambiental en la que se da. Las rutas diseñadas evolutivamente se abren paso en función del refuerzo externo que van obteniendo —genética y ambiente están en retroalimentación mutua constante. La influencia es bidireccional—. Los constructos sociales no flotan en el aire desprovistos de influencia biológica. Todo lo que somos, incluso nuestras ideas, tiene una correspondiente base física que lo “refleja”. Lo cual no quiere decir que no podamos elegir, ni actuar, como responsables voluntarios de nuestra conducta, ni que dicha conducta sea resultado de una programación mecanizada e inmutable del despliegue de nuestro ADN. Más bien al contrario, si conocemos los factores que causan la conducta y sus relaciones podemos favorecer el desarrollo “superior”, potenciando aquellos factores que favorezcan las conductas adecuadas y que disminuyan las disfuncionales.
Nuestro diseño evolutivo se ha ido refinando a lo largo de millones de años, preservando la memoria de su ADN de generación en generación, ajustando su expresión en función de la cultura en la que cada individuo se insertaba. Algunas de esas programaciones genéticas si se pueden considerar determinadas —Por ejemplo. Hoy día, la anatomía de nuestro corazón y nuestro sistema esquelético no se configura por influencia ambiental. El diseño es previo y su despliegue está consistentemente mecanizado y conservado en nuestro ADN— y otras reflejarán disposiciones que llegarán a marcar ruta o no en función de la influencia ambiental —Por ejemplo, comportamiento sexual, personalidad, depresión, etc—. Sea como sea, nuestro organismo —y cerebro— tiene memoria evolutiva y cuanto más nos adentremos para inspeccionarla más misteriosos resultarán sus vestigios.
¿Qué función desempeñan los patrones de conducta programados evolutivamente? ¿Qué reglas operan entre el enigma del cerebro y las condiciones sociales en las que vivimos? ¿Cómo influye nuestra historia evolutiva en nuestra organización social? En mi opinión, solo una cosa está clara: descifrarnos es un camino que no tiene fin; debemos renunciar a los debates estrictamente lingüísticos y abogar por una aproximación interdisciplinar, y continuar, continuar y continuar descubriendo.
Francisco Escudero
30 de Marzo de 2018
Psicólogo en Los Remedios, Sevilla: www.fescudero.com
Psicólogo adicciones. Contacta con nosotros
Tambien en Bormujos: www.centrobiem.es
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